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Sara Indiart
di Jorge Edgardo López
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La sala de lectura está en penumbras porque afuera es de tarde lloviendo y el color gris que entra apaciguado por los ventanales envuelve persistente los muebles, sillones, cuadros y la mesa donde estoy escribiendo. Es una apacible sala, estoy solitario en mi época preferida, el otoño, un día de lluvia y en el Sur. Aquí quise siempre vivir y se podría decir que por algún tiempo lo he logrado.

Conocí a la familia Ferrari en abril de 1956 en el pueblo de Laguna Grande, situado  al suroeste de la Provincia de Buenos Aires, adonde vivía una tía mía, soltera, hermana menor de mi difunta madre, a quien iba a visitar una vez al año alejándome contento del trabajo, mi pequeño departamento alquilado y la pobre y rutinaria vida que llevaba en la ciudad de La Plata.

¡Con que dicha recibía la carta anual de ella diciendo que me esperaba! Nuestro encuentro, la llegada en tren al pueblo después de atravesar largas horas solazado la pampa , su figura familiar esperándome en el andén, eran el “gran” acontecimiento de la temporada, un acuerdo formal entre ambos, regocijo tierno y profundo por estar juntos, de por si rescatando una mutua necesidad de solitarios. ¡Qué alegría nos daba vernos! : amorosa, toda atenciones con su sobrino preferido; nada más hablarme vibraba  su delgadez encendiéndosele la piel de las mejillas y yo sentía sobre mi en todo momento su mirada afectuosa, unos ojos cariñosos que nunca se irritaban ni siquiera por las estrecheces de la vida corriente.

Raramente salía de Laguna Grande llegando a estar diez años sin ir a La Plata, habiendo ya de joven renegado de nuestra familia que no le hacía lugar a su soltería empecinada y a su silenciosa forma de ser plena de inocentes manías. Y era mejor que no visitara a los pocos parientes en La Plata o en Buenos Aires, su actual presencia de soledad provinciana sería más reconocible, acusada, destacable, viviendo en el fárrago de una gran ciudad, me parece. Ella quería su vida así, en el Sur, nada más.

Era un personaje tradicional de aquél pueblo sureño; conocida de todos, paseandera, amiga servicial de los vecinos, jubilada temprana de la central telefónica donde había hecho carrera de prudencia y discreción. Me daba todos los gustos, cocinaba lo que yo quería; íbamos al cine del brazo, alborozados; por las tardes me leía aventurada sus novelas de amor preferidas o escuchábamos los radioteatros de Buenos Aires.

Un día fuimos de punta en blanco a conocer a su vieja amiga la señora Matilde de Ferrari con un paquete de masas finas para el té y recuerdo una tremenda y enternecedora intención candorosa de genuino orgullo en su voz y miradas cuando me presentó. (Pese a mis defectos y limitaciones de carácter me valoraba por lo que yo era, tal como era).

El padre de familia, Don José Ferrari, era un alto funcionario del Banco Provincia que trabajaba en el gran edificio de la calle 7 en La Plata de lunes a viernes, volviendo al pueblo los fines de semana. Era su esposa quien gobernaba con eficacia la familia y esto se notaba en la educación y modales de los hijos, la decoración y el buen gusto del mobiliario de la casa y hasta en la laboriosidad devota de la mujer de tareas domésticas. A cargo de ella estaban también las relaciones lugareñas, cuidadosamente especificadas y llevadas adelante sin desmayo con espontánea y adecuada energía…según la posición social de cada quien.

A Don José lo conocí de pasada un viernes cuando llegó muy preocupado a buscar unos papeles de trabajo. Estábamos en el living conversando cuando entró muy serio con paso derecho saludando rutinario a su esposa, declarando de entrada que tenía que volver urgente esa misma noche a La Plata. (Ciertas malas lenguas pueblerinas alimentaban una  teoría: que los fines de semana que se quedaba  en La Plata por tener trabajo acumulado o para estar a mano del Ministro en algún asado, en realidad se ocupaba de una amiga a quien le había puesto un departamento en el tercer piso de un edificio situado en la diagonal 80 entre 49 y 50. Dada la precisión de la dirección y aún de las características físicas, modales, extracción social, último empleo conocido y temperamento de la “amiga”, además de gustos personales y otras ocupaciones; o bien la teoría era muy traída de los pelos o algún alcahuete del pueblo, habiendo viajado a la ciudad y detectado el fenómeno, se dedicó ocioso a seguir los pasos del hombre desde la oficina pública hasta su refugio de amor…)

Interiormente un Homo pampaeus, Don José no obstante tenía porte adusto de gran señor y usaba de pocas palabras en frases distantes, unidas por delgado hilván; aquel día a mi tía la saludó superficialmente y a mi me dio la mano sin mirarme; pero se decía que era un “buen padre” y un hombre “muy generoso” ( varios lagunenses le debían puestos públicos efectivos, no supernumerarios), afiliado como era al Partido Conservador, siendo su esposa, cosa increíble, proveniente de raíces Radicales que cultivaba con orgullo sensato y aire seguro de matrona gobernanta, sin sombra alguna de antiguos roces políticos…absolutamente superados. Fue ella quien me hizo un poco de gancho con Paula, la hija del medio, diciéndome que sólo ella sabía bien la receta de una tarta de frutilla que a mi me enloquecía. Paulita tenía 22 años y trabajaba en una tienda del pueblo ayudando a una amiga para poder disponer de su propio tiempo e ingresos porque el padre tiraba muchas broncas a la hora de distribuir el presupuesto para los gastos familiares, ya que el hijo menor Pablo tenía 15 años y estudiaba en la secundaria y el mayor, Jorge, no trabajaba.  Este era un caso raro, muy de vez en cuando se lo veía deambular un rato, muy acotado, por la casa y salía sólo una vez al mes a cortarse el pelo y comprar diarios y periódicos atrasados en la librería y a tomar unos vinos en el boliche del vasco Fermín con quien hablaba de la guerra y de política internacional. Fermín era republicano, después de la guerra civil española se había escapado a la Argentina y Jorge empezaba siempre una conversación detallando los logros de Franco al haber “parado al comunismo” y llevado el “Orden” a España.  No faltaba el parroquiano que escuchando esto exclamaba sentenciosamente creído: “ ¡ acá tendría que venir un Franco…!”, sentencia que no por repetida hacía enojar invariablemente a Fermín que vociferaba para todo el boliche: “¡ para que viniera “un Franco”, como tu dices!: ¿ sabes lo que tuvo que pasar en España…? : ¡ un millón de muertos nos costó el que viniera Franco…!; ¿…ustedes acá podrían aguantarse eso con tal que venga “un Franco”…?

Se hacía un silencio meditabundo y ni siquiera Jorge contestaba nada, murmurando apenas audible “anda a cagar gallego…” con el rostro sobrador y melancólico tomando su copa con lentitud recelosa apoyado en el mostrador teniendo enfrente suyo en la pared retratos del Presidente Azaña y de la Pasionaria, sobre los que nunca decía nada.

Fermín conocía de las opiniones políticas de Jorge, voluntario fascista en Italia, pero le servía su vino y le alquilaba de vez en cuando una pieza en la parte trasera del negocio reservada a parejas de ocasión. Fermín sabía y Jorge sabía, ya habían peleado sus batallas derrotados y ahora, salvo escaramuzas verbales, cada uno vivía y dejaba vivir. Existía como un acuerdo tácito entre ellos: no pronunciar con bronca “Italia”, “Alemania” o “España”. Jorge necesitaba tranquilidad y olvido y Fermín, que había salvado la vida por muy poco, consiguió con mucho esfuerzo, en la Argentina, edificar una casa, un negocio y fundar una familia.

Jorge vivía casi recluido en su habitación del primer piso donde a la noche invariablemente leía hasta la una o dos, libros de política o historia, fumando y tomando café hasta agotarse destilando las ideas de autores como Oswald Spengler, Alfred Rosenberg y Charles Maurras. Se había ido muy joven a trabajar a Italia a fines del los treinta. La pasión política lo acogió en las formaciones de Camisas Negras con las cuales participó en algunos choques con los ingleses en Norafrica... Escapó de ser prisionero y con dos compañeros volvió a Sicilia. Se enganchó voluntario en el Ejército para combatir en Rusia contra el enemigo supremo pero herido en las primeras batallas retornó a Italia permaneciendo muchos meses hospitalizado. Caído el fascismo, a fines de 1943 subió al norte de la península a participar en las postreras milicias fascistas que combatían a los partisanos. A principios de 1945 a través de contactos diplomáticos pudo huir a España y de allí a la Argentina, derrotado. Esta derrota inevitable se le vio durante años en la cara, en su mirada de ausente distancia y en una forma de ser a la que hubo que acostumbrarse y callar.

En el armario de su habitación guardaba celoso maníaco varias insignias del partido y la milicia fascistas, recortes de diarios con anuncios de guerra y discursos victoriosos del Duce.; “Warnung”: avisos del ejército alemán prometiendo represalias y un cierto cuaderno escolar de tapas duras y hojas rayadas adonde desde su retorno estuvo anotando todo lo experimentado, sufrido y reflexionado en aquellos años de trastorno universal producido por lo que denominaba : “ las dos camarillas judías que gobernaban el mundo: la capitalista y la bolchevique “ …( así de ubicuas eran…)

Tenía feroces pesadillas que lo despertaban gritando despavorido : “¡ los rusos…los rusos! “, sin siquiera reconocer a su madre que siempre acudía a estas crisis nocturnas de gritos y aullidos que hacían eco pérfido en las paredes del cuarto sin salir a la calle donde igual se hubieran perdido en el silencio del pueblo dormido, inocente de lo atroz secreto. Mirando a un vacío inaprensible desde un más allá terrorífico, gritaba y balbuceaba órdenes y palabras rusas o italianas incomprensibles en su delirio (delirio compartido que costó millones de muertos a esas tierras eslavas), revelante inexorable de hechos inconcebiblemente inhumanos para liberarlas del “monstruo comunista”. Imposible calmarlo, sobre todo cuando se le aparecía un chico, un muchacho partisano ruso crucificado, congelado en su martirio, para no dejarlo nunca mas en paz.

La habitación. Era Doña Matilde la única que entraba en la habitación a la mañana, nunca antes de las once. Ella (y no la mucama) se encargaba de barrer, limpiar el cenicero, recoger la comida sobrante y las tazas, retirar la ropa usada y disponer la muda limpia para el baño; caminando, mejor deslizándose con pasos suaves, corriendo progresivamente la cortina que daba a la calle acorde a la respiración del durmiente y a las luces y ruidos naturales del día. Por la puerta apenas entornada, ahí si la atenta mucama acercaba una bandeja con café y tres medialunas de manteca recién traídas de la panadería y una vez que la madre acomodaba la bandeja en la mesa de luz, terminaba de despertarlo con susurros cariñosos sugerentes de tan inaudibles y el aroma neutral benefactor de la bebida preferida de todas.

En el taller del fondo de la casa donde se almacenaban muebles y trastos de otras épocas, herencia de antepasados, Jorge trabajaba al torno piezas de madera aplicándose a la ebanistería en un ambiente de coto exclusivo rodeado de herramientas específicas, baúles de viaje, secciones de verjas con molduras exquisitas que conservaban todavía la pátina de la intemperie, incluso un Ford T del abuelo Ferrari montado sin ruedas sobre tacos de madera. Había también fotos de este abuelo inmigrante no aptas para el living de la casa, recuerdo una donde estaba vestido de sombrero, traje y moño de viajante parado al lado de un indio pampa montado en pelo, sin sonreír ninguno mirando abstraídamente desconfiados al lente de la cámara.

Cuando me presentaron a Jorge lo noté retraído de una recóndita expresión de revancha incierta, indiscriminada, llena de  reservas mezquinas; me dio la mano sin mirarme y le pregunté comedido si le vendía a alguien las artesanías y muebles que fabricaba pero ni me respondió, salvo con una sonrisa desleída a medias incrédula, entornando los ojos no por humildad sino mas bien para no darme ninguna cabida. Al parecer sólo bajaba de su habitación al taller, a almorzar y cenar. En el almuerzo por ejemplo, comía en absoluto silencio sin dirigir la palabra a nadie, no habiendo conversación que le interesara; sin abrir la boca señalaba el pan, el vino o una ensaladera para que se la alcanzaran las mujeres en colaboración automática. Apenas terminaba de comer se disculpaba en voz inaudible retirándose sin apuro, dejando atrás un ámbito de silencio respetuoso, una cultivada atmósfera exclusiva para el hermano mayor buen mozo, serio y distante, intelectual estudioso de la política internacional (específicamente el anticomunismo), viajero y soldado experimentado en la Europa de guerra; trabajador manual aplicado sumamente original; un artista. Se levantaba de la mesa mirando únicamente a la madre con una sonrisita irónica que la hacía poner un poco confusa e intentar ya a sus espaldas un gesto con la cabeza y la mano como pidiendo disculparlo en benevolencia por su ser tan misterioso y reservado. Después de la guerra, el silencio.

Pasó un año y yo me había metido con Paula; salíamos a recorrer de la mano las viejas calles y hablábamos mucho, contándonos nuestras historias, sintiendo la inmensa mudez de la pampa en las cosas y en el aire. Yo era un enamorado del Sur y de la pampa, de las tradiciones camperas, mi libro preferido era el “Martín Fierro”. Me sentía más argentino cuando andaba por los campos solitarios a pie o en sulky por caminos polvorientos y descansando al lado de riachos perdidos adonde miraba hacia el este, hacia Buenos Aires y La Plata, pensando burlón qué intocado me hallaba del gentío arracimado a los transportes, de los bosques de edificios de departamentos y de la peor soledad que es la que se vive en una gran ciudad .La pampa me aislaba y protegía con un bálsamo natural de los vaivenes de la vida; siempre quise morir en la pampa.

Con Paula nos sentábamos al borde de la laguna aquietada y yo tiraba piedras al agua sintiendo su mirada interesada, la de unos ojazos gris humo, un gris otoñal como de hojarasca que se quema lenta al viento.

Una tarde de sábado lluviosa y fresca estábamos los dos solos en el living tomando mate después de haber almorzado en familia sin la presencia de Jorge, que por alguna razón oscura cumplida en un rito inexorable, nunca se dejaba ver durante los días lluviosos. Entonces llegó sin aviso Sara Indiart, la gran amiga de Paula, quien lloriqueó de la sorpresa y la alegría impensadas, le secó el pelo mojado y en medio de la dicha por la aparición de esa persona tan querida, las dos se dieron besitos salpicados de incrédulos mohines y risitas festivas.

Doña Matilde trajo café y masas finas en honor de la visita a quien llamaba su “segunda hija”. Ante esta explosión de afectos yo me quedé un poco retraído, un poco incómodo por el hecho evidente de tener que compartir a mi novia por unos días, no sabía hasta cuando.

Se querían mucho, se notaba por la forma estrecha de intimidad en que se hablaban y el modo de contarle las últimas noticias de su vida en Buenos Aires y cómo Paula le hacía naturales observaciones de conocedora y confidente con total encanto y libertades recíprocas. Sara Indiart disimuló muy bien (o ignoró) con desenfado mundano la interrupción de un momento a solas entre novios y el tono cordial entre ellas aplazó un poco mi cortedad.

Sara tenía 24 años, siendo amiga de Paula desde los diez pues ella también tenía tíos en Laguna Grande a los que visitaba dos o tres veces al año. Huérfana y soltera, sin hermanos, vivía sola en un departamento del Barrio Norte de Buenos Aires, propiedad de sus tíos, quienes además le costeaban los estudios y medios de vida. Cursaba 5º año de Filosofía, explicó que ella únicamente gastaba en comida, ropa y libros, muchos libros y entradas al cine y al Teatro Colón. Era una intelectual estudiosa y creativa con ambiciones filosóficas, habiendo publicado a su costa un libro de ensayos de estos temas, ganador de un premio en el concurso de un gran diario nacional. El libro tuvo repercusión en el ámbito universitario pero escasa venta, no era para “la masa” dijo ella con tono implacable. Le pregunté el título del libro pero se embarcó más bien en contar al detalle cuánto le había costado lograr el prólogo de un profesor emérito de la Facultad. Después de un largo circunloquio pude expresar el deseo de comprarlo algún día en la librería de Buenos Aires donde tenía ejemplares en consignación, pero al parecer ya ni ella misma se acordaba con exactitud la calle donde estaba la librería, apurada por hablarle a Paula que la escuchaba con orgullo indeclinable demostrándoselo con miradas y gestos presurosamente admirativos, lo que producía un pequeño efecto teatral en Sara que se hacía la modesta reprochándole cariñosamente que no le gustaba verse alabada abiertamente por sus “incipientes” “méritos” filosóficos; por ahora estaba embarcada en recibirse y beber de toda la filosofía que le faltaba conocer y que era mucha. Hablaba de “Kant”, “Nietszche”, “Heidegger” bajando el tono, temblándole perceptivamente el torso, moviendo las manos como buscando modelar el saber omnímodo de la vida. En este trance la mirada se le apagaba en una introspección misteriosa y Paula, por unos segundos tendidos en el silencio, no podía hacer más que contemplarla con una expresión donde se veía el deseo y la esperanza que Sara encontrara dique a su pasión, que se distendieran sus manos y recuperara la chispa habitual de lucidez juvenil que quizás la caracterizaba siempre. Paula conocía de sobra este aspecto de su amiga y empezó a calibrar pensativamente el ambiente, mirándose su vestido de entrecasa e incluso a mi con un afecto crítico, como pensando otro tipo de vida para ella. Este debía ser unos de los efectos que alguien como Sara Indiart provocaba en las personas. Era una belleza elevada a quien uno la imaginaba accesible sólo para sus íntimos; una personalidad rara, de abolengo espiritual distinguidamente excluyente; una chica que salpicaba la conversación de incontenible vitalidad femenil con una alegría abierta veteada de finas ironías solo comprensibles para ella misma o los iniciados.

El cuerpo (si se me permite la digresión) era una joya casi perfecta, con el busto firme y bien formado, la cintura fina y caderas flexibles y airosas. Las piernas eran lo mejor de la arquitectura, usaba esmaltadas las uñas de los pies; cuando las cruzó enfrascada en una disquisición sobre su Universidad moviendo impaciente un pie, el vaivén de las uñas perladas  de rojo sobre la piel ocre pálido amenazó marearme y tuve que apartar la vista. Ya venía obnubilado además por sentirle el perfume, no se si artificial o el que pareciera ser propio, por lo ojos enormes color café, los labios cereza natural y el pelo negro finísimo que le caía leve, apenas posado sobre los hombros bruñidos, desnudos…

Un bolso de cuero marrón abultado por libros era seguramente su compañero habitual, los brazos le tintineaban de variadas pulseras y en la muñeca derecha un fino relojito labrado le relucía insidioso como un precioso insecto dorado. Y para fumar cigarrillos negros con absoluta autoafirmación, sacaba y guardaba a cada rato un encendedor importado de primera marca internacional.               (¿“Ronson”…?)

Yo no podía entender cuál era la escuela filosófica que prefería, si que estudiaba para ese entonces el existencialismo francés, a Jean-Paul Sartre. Cuando pronunció este nombre hice una broma con respecto a los sastres que cayó irremediablemente en un vacío diplomático apenas tolerante de las dos. Me sentí angustiado, sabía que si metía la pata iba a pasar esto, pero algo tenía que producir para poder funcionar entre viejas camaradas y me equivoqué. La madre llamó a Paula a la cocina y nos quedamos solos.

(Era una personalidad excluyente de mujer que siempre hablaba “de la vida, de  su vida…”, como supe que escribió el mismo Sartre en uno de sus libros)

No pude vencer mi mudez y ella, sopesando la atmósfera y sonriendo de repente me preguntó con un mínimo hilo de voz:

-Vos… ¿qué estudias…?                                     

-Nada…trabajo…en una oficina… (no me animé a decir “pública “…)

-¿Tenés novia? - agregó impávida.

- ¡Si: Paula…!

-¡Ah, claro, cierto…! no sabía bien cómo era…ella me dijo que…bueno: ¡me alegro!

(Paula le había contado por carta con pelos y señales nuestro noviazgo y esto no me gustó para nada)

- ¿Te gusta leer…? – preguntó siempre nomás en su terreno.

-Si.   

-¿Cómo qué?

-Y…el “Martín Fierro”…-rebusqué desesperado alguna lectura de autor no nacional-…un cuento de Edgar Allan Poe…me gusta Payró y…

-¡Ah, Poe…!-exclamó en un suspiro introspectivo.

No pude decir mas nada, levanté las cejas en gesto de pocas lecturas, de escaso intelecto y vuelos literarios, mi tono había sido irremediablemente el de la defensa, casi de disculpa y ella sin mirarme, lanzó al aire un despreciativamente sonriente:

-“Never more…”

Por fortuna volvió Paula inocente y empeñosa con tres tazas de café en una bandeja y el humo amable y cálido echó un manto de piedad sobre el interludio. Mirándome orgullosa Paula dijo:

-Los escuché: fue buen alumno en la primaria, no pudo seguir la secundaria porque se le murieron los padres y tuvo que salir a trabajar…      

-Si –dijo Sara con una sonrisa maliciosa- como Carlos, el chico que te conté, compañero mio. Siguió la secundaria de noche, trabajó de día y pudo ingresar en la Facultad en el `52…por lo menos sirvió para algo el gobierno… ¿no…?

Paula se rió con ganas, cómplice y yo sentí subir calor a la cara sorprendido por una alusión calificativa tan directa de una chica como esa, estudiante de una Universidad pública.  Nunca le iba a importar mi persona, yo no había estudiado, no era como Carlos, un self-made-man; sólo era un tipo que leyó un cuento de Poe de casualidad.    

- ¿Carlos es ese que tiene un Ford ’42…? – preguntó Paula que ahora cada vez que hablaba le daba a la voz un tono de fervor exaltado de incondicionalidad que, pensé, con el tiempo me iba a ir resultando más y más incómodo.

- Si: el otro día fuimos con él al Tigre, con Lali y Pocho, la pasamos bárbaro y a la tarde cuando volvimos, fuimos a tomar algo a esa confitería de Callao y Santa Fe y….Se enfrascaron entonces en conversación puramente femenil, selecto mundo, contándose arrobadas sus cosas, sus deseos, logros, relativos fracasos y  muchos aciertos. Me enteré así que a Paula le encantaba la idea de algún día ser dueña de una estancia… como si yo y mi humilde sueldo público no estuviéramos presentes.

Se exaltaban de deseos de “tener algo”, vibrantes de liberalidad (tantos años sofocada por el gobierno anterior) pero de la que, a mi parecer, implicaba dominio social. Y sin embargo, hasta el momento me había parecido conocer bien a Paula, por lo cual quise participar exponiendo mis ideas acerca de la situación social de antes y la de ahora y ahí empecé a desbarrancarme. Me juzgaron alegradas cada opinión al detalle, criticando con gracia pretendidamente inocente lo que Sara denominó mi “estrechez burguesa “como si ellas no fueran unas perfectas hijas de la burguesía argentina, aunque yo no podía diferenciar bien del todo los matices de lo que se hablaba en ese sentido… (a la final yo resulté ser un: “pequeño burgués”…)  

Mientras seguían en su diálogo imaginé veinte cosas absurdas para conquistar aprecio y  respeto de alguien como Sara: encerrarme inspirado dos semanas en la casa de mi tía y aparecer un día con un poema social (¿?) que abriera e iluminara las mentes del público; cursar en secreto el secundario en La Plata para meterme en la Facultad  y con esfuerzo tener yo también un título (aunque sin saber cuál) ; comprarme un auto también con muchísimo esfuerzo y con Paula y su madre pasear y viajar a la Capital y visitarla; leer novelas del corazón para aprender la manera de seducir mujeres difíciles; transformarme en bardo trasnochador y ganar fama hasta en Buenos Aires, adonde, invitado por círculos literarios a leer mis poemas, ella vendría una noche atraída por mi fama y al final de la velada invitarla a pasear en mi auto a la Costanera, junto con Paula por supuesto. Pero: ¿estaba enamorada; tenía novio? : nada de esto, curiosamente semejante mina no tenía novio ni había hasta el momento mencionado festejantes.

Le tomé una mano a Paula dedicándole miradas tiernas pero ella no reparó en mis intenciones y fantasías encandilada por su amiga que cuando se le ocurría, cortaba la charla abruptamente recordando que no venía sólo a pasear sino que debía estudiar, habiendo traído dos o tres libracos y muchos “ apuntes “; nerviosa, tenía un examen muy importante con relevantes “ tesis “, “ bolillas “, “ profesores “; Paula la besó incontinenti supe cariñosa exclamando : “ ¡ hoy cenamos juntas! …”   Se querían, se entendían, confiaban absolutamente una en la otra, sustentaban proyectos y supremas esperanzas…  

A la noche Doña Matilde me invitó a dormir con ellos, lo que hizo imaginarme casado con Paula de visita en la casa de mis suegros, acostándome dichoso después de una opípara cena en un hogar seguro, opulento y estable… Las chicas durmieron juntas y yo con Pablo en la habitación suya de la planta baja; con el pibe congeniábamos bastante y me acomodé en una cama improvisada. Le pregunté porqué Jorge no había venido a cenar y me explicó que estaba pasando un período difícil, cosa que le pasaba cada tanto, según las estaciones del año. Después de hacerme jurar seriamente que nunca revelaría a nadie lo que me iba a contar, empezó con la historia de Jorge desde que en 1938 se fuera a Italia encandilado con el fascismo a vivir en persona aquella “asombrosa” transformación de la sociedad italiana y europea bajo la égida de las nuevas ideas políticas surgidas en la década de los  veinte. El tema es que durante ocho años no supieron nada de él salvo por tres cartas que le mandó al padre (nunca leídas en su totalidad a la familia) en 1939, a fines de 1942 y a mediados de 1944. Una mañana de mayo del ’46, sin previo aviso, apareció en la casa recién bajado del tren, muy delgado y avejentado, vestido con un traje barato y llevando apretada una valija con algunas cosas personales. Después de los besos y abrazos familiares, apenas sin hablar con los hermanos subió tembloroso a su cuarto seguido de la madre que tenía ropa religiosamente guardada para ese día; acorde a las derrotas del Eje, con sabiduría, le había ido comprando camisas, pantalones, ropa interior, pañuelos de cuello de seda, trajes y pulóveres; para cuando recuperara la seguridad de las pampas. Y fue Doña Matilde quien se encargó de aquietar a los chicos e inculcarles que trataran de no hablar en el pueblo del aparecido para que su regreso no tuviera indebida trascendencia.

Años atrás yo había visto en el cine documentales sobre la guerra, batallas, campos de concentración, bombardeos, genocidios. Reflexioné en gente como Jorge, voluntario en guerras de países que no eran el suyo y no lo habían reclamado. Y yo tenía ahora que contemporizar con varias cosas, ya era de la familia, ya se hablaba de nuestro compromiso y Paula iba ahorrando para comprar lo necesario para un hogar; ya se decía de buscarme una colocación en el pueblo porque ella no estaba dispuesta a vivir en La Plata en casa alquilada y lejos de los padres. Pero con respecto a esta gente, ¿qué iba a pasar en adelante, con los años, si empezaba así como empecé con una amiga de Paula; iba a poder congeniar o siquiera hablar o tener cierta relación llevadera con mi suegro; o depender de las buenas maneras de Paula y su madre, tan atadas por lo demás a la estricta vida doméstica bajo la opinión secretamente tiránica de Don José y la presencia o aún ausencia incomodante de Jorge…?

Me puse a imaginar que alguna cosa modificara y despejara el panorama futuro como ser que Jorge se fuera a vivir a la Patagonia o que Sara se casara y tuviera su vida exclusivamente en Buenos Aires, o mejor, esposa de un diplomático, en el exterior…

Pasaron ocho días de expectativas e incertidumbres, tres besos le robé en ese tiempo a mi novia que tenía las energías muy dispersas entre su trabajo, paseos a solas con Sara y la atención suplementaria de la casa. La noche antes que Sara volviera a la Capital hubo una cena de despedida. Sentados frente a frente por designio oculto de Doña Matilde, Jorge se ocupó de mirar a Sara durante toda la cena desde una reserva paciente de un interior sugerente y ella, sin dejar de hablar y comer, al parecer quedó tocada por esa presencia de ojos oscuros y callado delirio…

A ratos, según el giro de la conversación, él sonreía con rictus inaudito y por sus gestos y algún tono de voz, Doña Matilde parecía creer estar sacándolo de la inercia sentimental, aunque Jorge no podía dejar de hacer difícil las cosas para los demás rebatiendo crecientemente los puntos de vista generales y muy en particular de Sara con sus tonos bajos y apasionadamente taimados, sobre todo si salía un tema filosófico o pseudofilosófico que los demás no entendíamos. Se mezclaban sus frustraciones y cierto revanchismo con la presuntuosidad y el orgullo de casta que la animaban en el menor gesto o palabra. Con total seguridad debía saber la historia de él y se mostraba creía de sostener las diferencias de criterio que salían a cuento. Y salían diferencias sobre todo, así fuera también del estado de las cosechas, las obras municipales o la actualidad nacional.    

Después de tomar café en el living, Pablo fue a dormir y Jorge anunció que iba a caminar un rato en la noche para despejarse la cabeza de “ tanta palabrería “, saludando con una sonrisa sobradora a Sara que contestó de la misma forma, retadora. Madre e hija se miraron contentas nomás creyendo al fin que una luz les había abierto el camino a la vida afectiva militante. Pero Sara quedó pensativa con ojos oscuros y vi que esa noche (o quizás de tiempo antes) él pudo haber llegado a una pieza clave de su ser. Intenté hablar de cualquier cosa para lograr que no se produjera ningún vacío significativo debido a la ida del personaje y me alegré por dentro que ella tuviera grietas que develaran vulnerabilidad o inquietud por lo menos. Se me ocurrió decir que a lo mejor Jorge fuera a tomar algo a lo del vasco Fermín, imaginando dejarle a ella una remota seña que recordara la pieza que el vasco alquilaba a parejas.

Teníamos sueño, nos dimos con Paula un casto beso en la mejilla y fuimos a dormir. A las dos horas oí volver a Jorge; no podía pegar un ojo pensando en los días pasados y a eso de las tres escuché el ruido de una puerta, me levanté y espiando vi a Jorge bajando la escalera. Empecé a vestirme y a los pocos minutos Sara salía también de la habitación y se encontraron en el living yéndose en total silencio. Pensé que algún conjuro errático al fin se había producido y los seguí de lejos sin que me vieran ya que por nada del mundo me iba a perder el contacto entre esos seres de otras atmósferas.

Caminando callados, sin darse la mano, llegaron nomás a lo del vasco. No en un chalet de San Isidro, no en el departamento coqueto de Barrio Norte, no en el casco añoso de una estancia; sí en lo del vasco Fermín adonde Jorge dio los cuatro golpes convenidos en la puerta , abierta al instante por celosa y precavida mano patronal cual si los estuvieran esperando. ¿Cómo se habrán mirado ellos dos en ese momento de penumbra, sin palabras ya los viejos luchadores…?

Saltando una verja crucé el jardín adonde daba una ventana con los postigos cerrados que igual me permitieron ver por ínfimas rendijas una lámpara de mesa y la cama. Al principio hubo murmullos de conveniencias y ella tapó la lámpara con una toalla. Oí una risita sarcástica de Jorge mientras se sacaban la ropa. Durante unos minutos pude ir viendo  rasgadamente el recorrido a ese cuerpo exquisito, mudo todavía porque no había palabras que quisieran salir de sus finos labios. Y en un climax para él inmejorable le gritó poseyéndola:

“ Vos gritaste:” ¡ vive la France¡” , vos cantaste La Marsellesa en el ´45…!...¿ sabes  qué hicimos con la france ¿ : ¡ la hicimos mierda la hicimos: eran todos putos los franchutes de mierda, comunachos de mierda…putos como vos…! “y se le quedó vaciado encima en coherente satisfacción.

Ella se fue liberando y poniéndose a medias la ropa salió tropezando desbocada y aturdida pero él quiso manotearla todavía, yo agarré un fierro que estaba en el suelo, entré y le pegué en la cabeza. Se apareció el vasco y me fui corriendo a casa de mi tía.

Mas tarde me enteré que ella había tratado de entrar a la casa en silencio pero cuando subía al primer piso encontró a Doña Matilde que había presentido como desde sus entrañas la ausencia del primogénito. Paula también estaba despierta y las tres se quedaron esperando en el living.

De madrugada, mientras tomaba café escuchando música clásica por Radio Nacional – toda la vida me prohibí escuchar música clásica-, sentado en mi cama sobre la colcha de colores claros cosida a mano por mi tía que dormía inocente; vino la policía a buscarme .Jorge se curaba en el hospital de una buena conmoción cerebral con varios puntos en el cuero cabelludo; el vasco me había reconocido y tuvo que declarar la verdad a la policía.

Habiendo testificado de su feroz caída, sin intervenir, pude haber gozado para siempre del secreto y esposo de Paula, cuando ellas se encontraran, mirar a Sara de igual a igual, sin sentimientos de inferioridad. Pude haber tratado a mi cuñado Jorge de la misma forma, resistiendo su carácter. ¿La quería contemplar imprevistamente humillada, maltratada…?... ¿lo tenía merecido…?... ¿qué vio en un tipo como él: que fue voluntario a las matanzas poniendo a prueba su existencia por un “ideal “...?

Espié todo el encuentro – de penetraciones violentas – porque quise (como jamás quise algo) verla bajada de su pedestal, apretada, insultada, besuqueada, desnuda de palabras, penetrada sin contemplaciones. Después de todo ella sedujo, fue tranquila a lo del vasco; había tenido su experiencia trascendental… que iría a quedar toda en mi memoria: la carne broncínea transpirada, los gemidos de morderse para no gritar…

Pero todo salió como salió y el pueblo se enteró y al viejo Ferrari se le debió borrar para siempre el aire de superioridad social aunque no quería a Jorge y apenas soportara su presencia en la casa. Y Paula quedará para vestir santos y Doña Matilde en falsa escuadra con la gente del pueblo. Lo que lamento es que mi tía tuviera que vivir el escándalo, la única persona que me viene a ver todos los días, llueva o truene.

Declaré al juez cambiando los tiempos y algunos detalles para que no se supiera que asistí al trascurso del hecho; que pasando cerca de casualidad oí unos ruidos, vi salir corriendo a una mujer a medias vestida que pedía ayuda y entré a la pieza para detener al agresor. Que por qué me fui de la casa de los Ferrari: porque tenía indigestión, no podía dormir, no quise molestar a nadie y pensé que caminar un poco me vendría bien. Como en rigor de verdad ella no había gritado para nada, la humillación supongo es mayor ya que no declaró en contra de este punto ni del resto de mi declaración. En unas horas mas salgo, me la llevo a mi tía a La Plata, sigo laburando y empiezo otra vida. Y a leer, leer muchísimo más.

© Jorge Edgardo López



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